Ángel, el conductor del dulce carrito que echa el freno: “Quiero ir a pescar”
La historia de la familia García Blanco lleva décadas ligada a las golosinas, pero ahora llegó el merecido descanso

“No sé por qué le llaman carrito si no tiene ruedas”. Es una frase recurrente de quienes aterrizan en Vilagarcía. Pero la respuesta a esa pregunta está en los recuerdos de generaciones enteras de infancias ya superadas que sí recuerdan carrito original. “Era una especie de remolque, con un cajón abajo, un mesado y, después, cuatro pilarcillos y un toldo arriba”, explica Ángel García Blanco, que fue el “tercer conductor” y que en octubre echará el freno por jubilación.
La dulce aventura comenzó con Emilio, su padre, y en medio de una adversidad. Como ese trozo de chocolate que se toma en los malos momentos, el carrito abrió como solución a una enfermedad de pulmón de la que le costó recuperarse y que le impedía seguir en su trabajo de siempre, en un almacén de coloniales. “Aprendió él solo a hacer garrapiñadas”, explica su hijo. En un primer momento estuvieron en la zona del mercado y el Cervantes, hasta el año 1977, cuando ardió el cine.
Pero mientras la historia del carrito arrancaba y rodaba, la de Ángel iba por otros lares, por la música. Hizo sus pinitos en la tuna y, con solo 14 años, se unió a la Orquesta Novedades. Fueron varias las agrupaciones por las que pasó e incluso llegó a grabar un disco. Pero llegó la “mili” y a la vuelta todo cambió.
Su padre ya había fallecido y era su madre, Angelita, la que estaba al frente del negocio. “Ella se encontraba mal y yo tomé el relevo”. Así comienza, en 1984, una nueva etapa del carrito, todavía móvil hasta cinco años después, cuando “hicimos el primer kiosco, que estaba en la esquina frente a la de Buceta”. En 1998, con la peatonalización de la plaza, llegó a su ubicación actual, junto a Arcebispo Lago.
Jornadas de catorce horas
Son más de cuatro décadas de anécdotas. “Muchísimas. Alguna agradable y otras desagradables. Por dos veces tuve que atender a dos mujeres a las que le dio una lipotimia. Hay gente que se va fuera a vivir y cuando vuelve me pregunta: ¿Todavía estás aquí?. Muchas mamás vienen con sus niñas y les dicen que ellas de pequeñas también compraban aquí. Son muchos años y la gente se acuerda mucho del carrito”, explica Ángel García.
Por ello, a él mismo le cuesta pensar en una vida sin su kiosco. Son catorce horas al día que se pasa en la cabina de los dulces. Antes le ayudaba su mujer, pero hace años que no es posible. Por ello, tiene claro que lo primero que hará cuando se jubile será “dedicar tiempo a mi familia, porque ahora no se lo dedico”. Pero también a sus aficiones. “Podré ir a pescar, a caminar”, asegura. Ahora, se le puede ver, en los tiempos muertos, dando pasos alrededor de la Praza de Galicia. También la música, su primera profesión, está muy ligada a su carrito, que en muchas ocasiones sirve de banda sonora de la calle y anima paseos y jornadas. Aún así, reconoce que “voy a echar mucho de menos el contacto con la gente”. Y es que por el carrito son muchos los que pasan a pedir favores, dejar recados, unas llaves o solo para echar una parrafada con Ángel. “Los veré, pero ya no será lo mismo”, explica. Durante estos años, son muchas las cosas que han cambiado. Empezando por los propios dulces. “Mi padre vendía un caramelo que se hacía en Vigo a mano”, recuerda. Y solo había un tipo de gominola. “Yo creo que ahora los productos son peores”, lamenta. Menos los regalices. “Llevamos toda la vida con la misma marca”. ¿Habrá nueva vida para ellos?.










