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Amigos: “No se debe confundir la verdad con la opinión de la mayoría” (Jean Cocteau). “La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el de engañarlos” (Jean Alambert). “Los hombres sabios discuten los problemas, los necios los deciden” (Anakarsis). 
Estamos en las fechas de la solidaridad, en el tiempo en el que todos y cada uno tendrían el deber de realizar una buena obra para con sus semejantes. Y cuando hablo de “buena obra” no me refiero a la compra masiva de regalos a los parientes, ni a darle los buenos días al vecino, una vez al año. Aquí en esta sección siempre tuve la costumbre, durante varios años, de dedicar el mes de diciembre a escribir y contaros cuentos o historias de Navidad que contemplaran unos valores determinados relativos a estas fechas. 
Siempre confié en la gente, y por supuesto en los lectores,  pero el tiempo pasa y observo con tristeza como que el tiempo no pasa como yo creí siempre. Pasamos nosotros. No me voy a poner a filosofar sobre el paso del tiempo, me doy cuenta cuando veo a un amigo de la infancia, calvo, o con pelo y barba blanca  y arrugas en la cara. Me asaltan dos  sentimientos, uno de alegría profunda y otra de mirarme en un espejo. Los recuerdos de la infancia  son algo consustancial en todos nosotros, no existe mortal que no tenga recuerdos de su infancia, negativos y positivos. En general los negativos prevalecen en el subconsciente con más arraigo e incluso pueden marcar el devenir futuro de la persona, en su memoria neuronal,  permanecen impertérritos, prácticamente hasta que inicia el camino de ida.  Los recuerdos positivos se tornan más normales y nos marcan, pero no en una manera tan drástica y negativa. Quién no recuerda una trastada solo o con otros amigos y se atisba una sonrisa en tu cara. Todos los tuvimos, unos con más suerte que otros. 
Para todos ellos los positivos, y los negativos,  está el mes de diciembre, porque es en estas fechas cuando de niños, todos, y digo todos, sin olvidarme de nadie; tuvimos las mayores alegrías. Se de casos que no, por diversas circunstancias, pero la gran mayoría sí ha vivido esos recuerdos, alegres y de vivencias, que no se olvidan. Cuando aún eres niño la vida no te ha vapuleado, tu memoria es virgen, se adapta a todo, pero reserva un minúsculo compartimento que no te deja olvidar aquellos años de niñez en Navidad, los regalos, los dulces, la alegría de la casa, con su Belén,  ya no hablo de las luces del árbol de Navidad, eso es un aditamento que vino más tarde y aún me pregunto por qué se nos coló en nuestras casas. Prefiero el belén que hacía mi padre y luego hice yo, me conformo, porque en un mundo globalizado en el cual me encuentro sin pedirlo, o te adaptas, o estas fuera, y lo haces por tus hijos, y los amigos de los mismos, y hala a poner el arbolito,  pero ¿a cuento de qué y por qué?. 
Todo ello son mis pensamientos de una niñez súper feliz, que mis padres me regalaron. Eran otros tiempos, por ello recuerdo siempre al mejor amigo que tuve en toda esa etapa, y sus hermanos,  calle Romero Ortiz de Villagarcía, adoquinada, y poca luz, como casi todas de esa época,  a Manuel Deaño Couso, a quien vi, 55 años después, y es el mismo amigo de aquella época, con todo mi cariño a él y toda su familia. Gracias Manolo me hiciste mejor.  Y siempre estuviste en mi rincón. Saludos amigos, Saúde e Terra.