INSTITUCIONES Y ELECTOS
Oigo el seco tronar de sus cascos sobre el rigor de la impía pradera. Tambor de fuego y sed que ordena a la manada emprender el camino de una odisea a la que nos les mueve tanto el hambre como el miedo. Ese ciego latigazo de saberse espiadas y expoliadas. De saberse carnaza en la carne de todos y cada uno de sus miembros y en los miembros de sus apetitosas anatomías. De ese saberse, digo, en el paladar gigante de las mil bestias que la acechan.
En el camino se ve al grupo estremecerse, menguando más allá de lo posible y ensanchar hasta el imposible en la búsqueda de una seguridad que transita de uno a otro extremo de la posibilidad, sin otro fin que conjurar el horror a le que aboca la incertidumbre.
Los que corren no son ñus sino esos enormes y jugosos animales administrativos que son las instituciones. Sus perseguidores, los miles de candidatos, ahora ya electos.
Atacan los predadores en solitario o se asocian, se emboscan oportunistas o se muestran ferales, indagan oportunos la debilidad o explotan su fortaleza. Los intereses del clan ordenan, la leona llama al león, el león ahuyenta a las hienas, las hienas a los carroñeros. Todos quieren estar sin que estén los otros. Todos se sienten legitimados, llamados, deseados. En ese afán, buscan desentender el mandato ciudadano para así atenderse en la proximidad de su entorno. Y ellas, bestezuelas en fuga, buscan sentirse, en el breve lapsus del relevo, empresa que no presa y despojo.
