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El faro retrovisor de mi automóvil vital me hace recordar trozos selectos coruñeses. Los que jamás se olvidan, porque salen a nuestra evocación conforme doblamos la esquina de la memoria. Una antología que subsiste pese a los caminos cerrados por el existencialismo de Sartre que se quedó perdido en una cueva parisina allá por el 1968…
Narciso Correal, hábil crítico, docto y muy mala leche, definió a una ilustre convecina de Marineda: “Trasto viejo de un desván, / envuelta en polvos de rosa, / mala madre, mala esposa, / eso es la Pardo Bazán”. Aunque otras ocasiones, sin dejar de herir, aludía a un afamado corredor de comercio colegiado, Perico López Sors: “El mundo en su rodar ha dado esta paradoja: ¡Qué sea corredor quien tiene la pata coja!”
Personajes que pateaban nuestras calles como el coronel don Óscar Nevado y míster Luky, Marcelino el del Cantón, salvada la distancia del ilustre militar, siempre con un libro bajo la axila, “sobaco ilustrado”, y el atildado jefe de policía neoyorquina guardando el Obelisco…
Pero La Coruña era así, Con un popularísimo alcalde Alfonso Molina –nombrado a dedo, ingeniero de caminos, director de Vías y Obras Provinciales, solterón y un “Buen pellizco”–, que recogía el periódico diario al salir de la rotativa y de quien un reportero burlón publicó una orla con su cara en el centro y rodeado de pequeñas fotografías suyas identificándolo con la corporación municipal herculina.
Y sí de aquí marchamos al acerado mundo político de aquellos tiempos, no puedo olvidar una anécdota de Cancelo –periodista gráfico de nuestro periódico– colocando a Franco en un grupo oficial en el Gobierno Civil, utilizando el tratamiento irónico de “Señor Caudillo” y hablando gallego. Y la observación del general: “Cancelo, después dirán que soy yo quien manda en España”.