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No sabría decir si a Pedro Sánchez se le puede aplicar aquel proverbio inglés que sentencia que “un mar en calma no hace un gran marino, pero una gran tormenta tampoco garantiza los galones”. Con las aguas en relativa calma en el PSOE no era valorado como gran lobo de mar y quizá por eso destituyó de manera fulminante a Tomás Gómez y demás dirigentes de la franquicia del partido en Madrid, un “ordeno y mando” con mucho riesgo que desató una gran tormenta interna y tampoco le “garantiza los galones”.
Ocho días después, los exégetas políticos dan tres claves de ese golpe de autoridad que se reparten entre afianzar su liderazgo, la toma del control del PSM para evitar otra debacle electoral o la destitución preventiva por la posibilidad de la imputación del hasta ahora líder madrileño por los excesos del tranvía de Parla.  
Especulaciones aparte, en esta crisis llama mucho la atención la manifestación del PSM contra el PSOE con toda la parafernalia de hooligans, pancartas, gritos, empujones e intentos de agresión “entre hermanos”, un espectáculo lamentable que deja heridas que tardarán tiempo en cicatrizar. El chusco episodio del cambio de cerradura en la sede del partido para cortar el paso a la dirección destituida, una medida excepcional e inédita en la política española, revela la tensión dentro del socialismo en donde nadie se fía de nadie.
Las crisis siempre son inoportunas y esta del PSOE llega en el peor momento para el propio partido: a cien días para las elecciones autonómicas y municipales cuando deberían estar configurando los programas y hablando de ideas y propuestas para gobernar autonomías y ayuntamientos.
Y llega en el peor momento para el país. Hay que recordar que el PSOE formó parte del bipartidismo gobernante desde la transición y contribuyó decisivamente a la causa democrática y a modernizar España para que llegáramos hasta aquí en condiciones homologables a los países de nuestro entorno.
Por eso, es deseable que supere este proceso de autodestrucción y recupere su espacio político porque este partido sigue siendo una pieza importante para la estabilidad política, social y económica –algo parecido se puede decir del PP–, sobre todo a la vista del populismo vacuo que se presenta como alternativa en el mercado electoral. Decía don Ciprián de Penalva, un paisano leído que cité en otras ocasiones, que “cuando todo está mal no conviene experimentar lo peor”.