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El desapego por la política de la mayoría de la sociedad es un hecho evidente que ni el fenómeno social que ha supuesto la irrupción de Podemos es capaz de modificar. El debate sobre el Estado de la Nación ha marcado la agenda política de los últimos días. Sin embargo, no será recordado por el enfrentamiento dialéctico entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, amén de las aportaciones del resto de los portavoces parlamentarios, sino porque la presidenta del Congreso, Celia Villalobos, no ha podido resistir la tentación de pasar el rato jugando al Candy Crush. Confieso que, pese a tener la oportunidad, nunca he disputado una partida y me alegro de ello, puesto que debe ser adictivo, tanto como para que la persona que, entre otras funciones, tiene que poner orden en el hemiciclo y dar y quitar palabras a sus señorías, no pudo aguantarse y venga, a juntar frutas y caramelos para intentar batir su récord. Las personas que ocupan cargos representativos tienen que ser los primeros en dar ejemplo. Si a Celia Villalobos, famosa por sus recetas de cocina cuando ejercía de ministra de Sanidad, le aburre el discurso del presidente del Gobierno, que se las arregle como quiera, pero que disimule. Que aguante el tipo y dé la sensación de que presta atención a las directrices que marca Mariano Rajoy en su intervención desde la tribuna para tratar de sacar al país de la crisis. Es lo mínimo que se le puede exigir. Lo peor de todo son los comentarios que han surgido en defensa de la presidenta del Parlamento. Da la sensación de que algunos diputados piensan que en este país la masa crítica brilla por su ausencia y que cualquier cosa que se diga o que se haga no tiene consecuencias. Viene esto al caso por el comentario de Dolors Montserrat, diputada del PP y, problamente, esto lo desconozco, competidora con Celia Villalobos a la hora de superar marcas en el juego de marras, en el que decía textualmente que “la gente puede hacer lo que quiera mientras está escuchando”. Espetó esta frase en medio de un contexto en el que muchos ocupantes de los asientos del Congreso se dedican a leer la prensa o a otros menesteres durante las sesiones. Y ello sin pudor, sin rasgarse las vestiduras. Qué quieren que les diga. Para mí, la imagen que se ha proyectado es la de una presidenta del poder legislativo que pasa olímpicamente de lo que dice el presidente del poder ejecutivo. Así, a pelo y sin anestesia.