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En la universidad que yo conocí enseñaba un profesor que aprovechaba la “lectio brevis” del primer día de clase para “situar” a los alumnos en el nuevo contexto formativo y, parafraseando a don José Ortega, decía que la Universidad encarna la cima del sistema educativo y es la institución más importante que la sociedad se dio a sí misma.
Al tiempo, el viejo profesor advertía a los noveles universitarios de que los títulos no otorgan saberes, no dan la ciencia, aunque la suponen. Bien entendido que, enfatizaba, “cuando uno acaba la carrera está capacitado para empezar a estudiar”.
Las carreras entonces se cursaban en cinco años con unos amplios e intensos programas explicados por profesores competentes que a final de curso valoraban con criterio el mérito y esfuerzo de los estudiantes.  
Eran otros tiempos. Hace unos cuantos años que la Universidad, como otras instituciones –y la misma sociedad en general–, se contagió de la mediocridad reinante y entró en crisis por múltiples causas que desbordan el ámbito de esta columna y algún joven investigador estudiará el día de mañana.
Lo cierto es que ahora tenemos un sucedáneo de universidad que contribuyeron a engendrar los sucesivos gobiernos y el inefable ministro Wert está consiguiendo que sea una criatura informe.
Su última ocurrencia fue el decreto de reforma de los grados universitarios, que reduce las titulaciones a tres años, dice el ministro que para converger con el grueso de los países de nuestro entorno europeo.
Es curioso que en la homologación a Europa siempre se copie lo peor, mientras ministerio y autonomías ponen poco entusiasmo en otros modelos educativos, como la Formación Profesional dual que combina clases teóricas con formación práctica en las empresas, que tan buenos resultados está dando en Alemania, Austria o Dinamarca.  
Además de copiar lo peor, el ministro Wert vuelve a actuar como un llanero solitario tomando decisiones sin dialogar antes con la comunidad universitaria sobre las bondades de su reforma.
Por eso, la Conferencia de Rectores echa por tierra las prisas del ministro, pero solo aplazan dos años el desastre que va a suponer la implantación de estas “carreras breves”, dicen que para evitar más tensiones con la convivencia de los grados vigentes de cuatro años del Plan Bolonia, cuyos resultados no han sido evaluados, con los grados de tres años. Un embrollo monumental que devalúa a las doctas instituciones.