La heroica honestidad
El mentidero del país anda tan ofuscado que ya no sabe a qué carta quedarse, bien por más o por menos. Se buscan sabios donde mirarse y héroes que imitar. Sin embargo, nuestro tiempo ni posee tintes románticos ni capacidad de sacrificio. Arranca del ciudadano consolidado por la burguesa revolución gabacha y se estanca en la teórica declaración de derechos del hombre, que dudaba si pertenecía al antiguo régimen, era nuevo rico o simplemente súbdito que pretendía engañar con ademanes aristocráticos.
Escondidos subyacen los mitos y héroes que hacían posible la cabalgata de la walkiria, los cantos homéricos, las epopeyas nacionales o cuando los dioses nacían en Extremadura, conquistaban México, sometían Perú o daban la primera vuelta al mundo pilotados por Juan Sebastián Elcano. Pero hoy urgimos otro tipo de héroes. Por encima de la inmensa suerte de haber tenido mala suerte, “burrada” de hacer algo imposible por los demás, la certeza al fuero de hombre bueno es ser justo. Olvidando que la honestidad marchó al cielo y desde entonces no ha vuelto. Pese a ello –tropa circundante y chaparrones que nos acongojan– recordamos al Cervantes de “La gitanilla” cuando asegura que “la mujer que se determina a ser honrada, entre un ejército de soldados lo puede ser”. Tal es la heroicidad demandada por nuestros días. Honradez a todos los niveles. Institucionales y personales. Y quien no se considera con fuerza que ahueque el ala y se marche. Nadie les exige que se sacrifiquen por la patria y malgasten sus horas. Se puede vivir sin ellos y conforme lo comprendan así saldremos todos ganando y los jueces –algunos con toga embarrada también por el polvo del camino– trabajarán menos.
Requisitoria.- Aclaro al lector curioso que he sufrido un lapsus en mi última columna. La joven coruñesa –licenciada en comunicación y audiovisual y master en montaje– se llama Camino Ventura Martínez.
