MONTORO Y BOTÍN: LA CHISTERA DE MERLÍN
Si al pueblo español que sufre, si a ese aterrador 45% del trepidante aumento del número de familias que tienen que comer de los servicios sociales, si a la terrible cantidad de desahuciados, si a los cada vez más morosos por obligación y si, en fin, a los depauperados funcionarios públicos que sufren las atrocidades de este Gobierno se les presentan delante los estúpidamente optimistas Botín y Montoro, ya veríamos si no acontecerían brutales palizas, cuando menor morales.
Esos aleluyas, esos brindis al sol que ambos parecen sacar de la chistera prodigiosa del mago Merlín, no casan con la triste realidad de cientos de miles de españoles en el paro, de los miles que revuelven en los contenedores, de los cientos que han perdido sus becas, de los muchos niños que ya padecen desnutrición y, así, un etcétera cruel, injusto, desazonante, insufrible. Claro que en las mesas de Botín y de Montoro se come caliente, se viste de lana inglesa y se gasta a manos llenas en todo tipo de placeres.
Pero la España real es otra cosa muy distinta. Vayan ambos insufribles optimistas muy de mañana a los suelos de los cajeros automáticos, llenos de paupérrimos durmientes. Acudan a las cocinas económicas de multitud de ciudades. Entablen conversación con los millares de españoles pobres vergonzantes. Observen las piernecitas delgadas de millares de niños que se están deformando con la malnutrición. Pregunten a las personas –seres humanos, ¿saben Botín y Montoro?– que han perdido sus casas. Inquieran cuántos millones de españoles llegan a fin de mes con hambre. Con hambre física y con hambre y sed de justicia. Y si después de llevar a cabo los cometidos supradichos, les quedan ganas de continuar echando la lengua a pastar, si ese milagro se produce, yo deseo para Botín que la naturaleza le devuelva una abundante y negra cabellera y para Montoro, que de su semblante se borre esa sempiterna y antipática sonrisa de hiena.
