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La política siempre es impredecible, sobre todo cuando los partidos, o las personas, ven cerca la posibilidad de tocar el poder. La moqueta tiene una erótica difícil de resistir. No es raro, pues, que los pactos poselectorales nos dejen extrañas parejas de cama. Estamos en un momento en el que el presidente provincial del PP se entrega a los deseos del BNG para mantener la Diputación, o que en O Grove los conservadores se decanten por los comunistas. Son ocurrencias a la desesperada, ya que todos saben que esos matrimonios son prácticamente imposibles, aunque, hasta el último día no se puede asegurar nada. Una vez despejada la incógnita de Ribadumia, la emoción pactista se encuentra ahora en Sanxenxo y en Cambados, localidad donde todo ha dado un giro inimaginable hace tan solo una semana. El concejal de Cambados Pode, ese que huyó de la Guardia Civil, lo negó y después fue condenado por ello, se comprometió a cumplir su programa electoral con pelos y señales. Su contrato con los electores era que se iba a votar a sí mismo, algo que mantuvo durante las negociaciones con la izquierda a la que acabó por desesperar, hasta el punto de que llegaron a firmar un comunicado conjunto en el que le llamaban de todo menos serio políticamente hablando. Pasó el tiempo y, al igual que ocurrió con su rocambolesca detención, pasó de negar a asentir y ahora dice que dará su decisivo apoyo al candidato de Somos porque no se trata de un partido político tradicional. Si eso es todo lo que se le ocurre para burlar lo que dice su punto número uno del programa, allá él como quiera dejar su credibilidad ante la opinión pública. Lo cierto es que este cambio de estrategia rompe los planes del PSOE, que aspiraba a liderar el gobierno de la izquierda, y del BNG, que podría ver como Somos le come el espacio político. Ellos verán. Tienen ante sí la posibilidad de acabar con casi tres décadas del PP en la Alcaldía y promover nuevas políticas. Ahora bien, me creo que socialistas, nacionalistas y Somos cumplirán sus compromisos con la ciudadanía, pero todavía está por ver que la pata que deberá mantener el banco en pie aguante, a no ser que el peaje pase por la tenencia de alcaldía, piso, coche, vacaciones en la playa... metafóricamente hablando, claro.