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El problema de ser político es que no te puedes permitir las mismas cosas que el resto de los mortales. Por ejemplo, que tire la primera piedra el que no tenga olvidada en algún cajón una fotografía comprometedora. Puede ser con una exnovia y subida de tono o el día que le sentó mal aquel vino en la boda del primo Jesús, lo que hizo que terminara bailando sobre las mesas utilizando la corbata como tiara mientras se introducía un puro por la oreja.
Este tipo de imágenes son fruto de dos circunstancias. La primera, de que todo el mundo, de cuando en cuando, hace alguna estupidez. La segunda, de que lo queramos o no, todos tenemos pasado. Del rey al último de los súbditos, todos, absolutamente todos, en alguna ocasión han hecho el ridículo o han estado con quien no deberían estar. El problema surge cuando las instantáneas del político de turno dejan el ámbito personal y se convierten en portada de un diario. Es ahí justo cuando, haciendo gala de una profunda esquizofrenia, los del partido contrario aprovechan para tirarse a la yugular del vecino. Los mismos que callan cuando un ministro de su color se reúne con un empresario de dudosa calaña en su coche oficial aparcado en una gasolinera, o que justificaban las relaciones entre otro adinerado ciudadano y el político encargado de repartir unos jugosos megawatios eólicos que, por supuesto, fueron a caer en manos del amigo en cuestión.
La cuestión no es que haya una imagen comprometedora. Lo grave sería que se demostrara que la foto lo que documenta es un trato de favor, una prevaricación o un cohecho. Es decir, que Feijóo, Blanco o Quintana, no solo estuvieran en el lugar equivocado en el momento menos oportuno, sino que, además, hubieran pagado un precio por ello y eso, por el momento, es lo que no se ha podido demostrar en ninguno de los casos. Es más, incluso ya se ha manifestado algún juez para asegurar que la posible conexión se había investigado y que se había concluido que no existía.
Tal vez, al sufrir el escarnio que antes provocaban en las propias carnes moderen su discurso o, lo que sería más inteligente (y por lo tanto menos probable), que se sentaran para redactar un decálogo de como actuar ante los supuestos escándalos que cada día saltan a la palestra y en los que siempre aparece involucrado algún político.