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El compañerismo es la relación amistosa, de celebración y solidaridad que existe entre compañeros. En el ámbito laboral, o en cualquier otro, es un valor añadido fundamental para tener un buen ambiente de trabajo. De todos es sabido que no es lo mismo estar en el “curro” con personas afines, con las que poder hablar, bromear y pasar un rato agradable, que encontrarte en un ambiente incómodo y en el que cualquier comentario se toma a mal.
Muchas plantillas de trabajadores fomentan las buenas relaciones con la organización de cenas o comidas periódicas. La Navidad suele ser una fecha ineludible y las jubilaciones de compañeros, también. La dinámica es parecida en todos los casos. Generalmente, uno se encarga de elegir restaurante, menú, regalo y es quien establece el precio a pagar a escote por cada uno de los asistentes. En función del poder adquisitivo del grupo, la vianda estará más o menos adornada, el vino será más o menos peleón y el regalo será más o menos molón.
Lo importante en estos casos suele ser el detalle y a pocos les importa, más allá de un comentario, haberse rascado más o menos el bolsillo. Lo importante es pasarlo bien y homenajear, en el caso de las jubilaciones, a las personas que han desarrollado su vida profesional de un modo más o menos brillante, pero fomentando el compañerismo y con él, el cariño de todos los demás.
Hay empresas privadas que tienen a bien sufragar todos los gastos de estas efemérides y otras que tienen un regalo establecido para cada persona que se jubila después de toda una trayectoria laboral en la firma. Si nos vamos a la administración pública también hay quien da regalos institucionales a los funcionarios que dejan su labor por cuestión de edad, algo que bien puede asumirse en gastos de protocolo y cuestiones similares. El dispendio, aunque sea dinero público, no sería demasiado, como tampoco la cortesía de un ágape anual, digamos en Navidad.
Otra cosa bien distinta sería si la entidad que debe administrar el dinero de los contribuyentes se dedicase a comprar regalos o a pagar la factura, o parte de ella, de comidas privadas organizadas por el personal y a cuenta del erario público. Este asunto sería mucho más discutible y abriría un espinoso debate que derivaría, casi siempre, en la demagogia, tanto de defensores como de detractores. Mi experiencia personal en el ámbito privado, y la conocida en el público, me dice que los homenajes más sentidos no son los subvencionados, por decirlo así, si no los que promueven los propios compañeros de uno con el afán de la sorpresa, la intención de agradar y la búsqueda del reconocimiento público a la labor de toda una vida. Eso sí, apoquinando cada uno lo suyo. O sea, a escote.