PROGRAMAS Y PROMESAS ELECTORALES
Hace años hizo fortuna en el debate político la teoría del entonces alcalde de Madrid, “el viejo profesor” Tierno Galván, según el cual las promesas electorales están hechas para no ser cumplidas. La expresión pareció de un evidente cinismo, pero no es menos verdad que llevaba enormes dosis de realismo.
Es de recordar, por ejemplo, el compromiso de Felipe González, allá por 1982, de crear no sé cuántos cientos de miles de puestos de trabajo. Aquello resultó ser luego justo todo lo contrario. ¿Y qué pasó? No sólo no pasó nada, sino que el líder socialista siguió ganando elecciones.
Significativo botón de muestra puede ser también el mismísimo Obama, cuya gran propuesta desde que inició la carrera a la Casa Blanca fue cerrar de inmediato el centro de detención de Guantánamo. Sin embargo, cinco o seis años después ahí sigue abierto el siniestro campo de concentración.
Así las cosas, ante tantos y tan clamorosos incumplimientos a lo largo y ancho del mundo, algunos recuerdan una frase de Leo McGarry, jefe de gabinete del ficticio presidente de los Estados Unidos en la laureada serie televisiva “El Ala Oeste de la Casa Blanca”: “Se promete en verso; se gobierna en prosa”. Es decir, que al final de cuentas y más en tiempos tan volátiles y líquidos como los presentes, la realidad se impone y gobernar es hoy día el arte de administrar lo posible o, quizás mejor, lo imprevisible.
Por eso, siempre me ha llamado la atención el empeño de los partidos de la oposición, de la opinión pública y de los medios, en general, por recriminar al Gobierno y a su presidente, Mariano Rajoy, algo que no hicieron con los anteriores: el incumplimiento del programa electoral, muy especialmente en materia económica. Ofensiva que se ha recrudecido estos días con ocasión del segundo aniversario de su acceso al poder.
A la vista del desastre de Rodríguez Zapatero –al que una vez más ha puesto en evidencia las recientes memorias de su ministro Pedro Solbes–, la opinión pública percibió en Rajoy un eventual presidente que no sólo no podría hacer peor las cosas que su antecesor, sino probablemente mejor. Y confió en su programa, que parecía razonable y esperanzador.
El realismo, sin embargo, se impuso de inmediato. En primer término porque el pufo económico dejado resultó ser mucho mayor del que se esperaba. En segundo lugar, y sobre todo, porque la crisis siguió avanzando cual imparable bola de nieve y obligó a estar reajustando permanentemente programas. Aquí y allá.
Después de estos dos años de complicada travesía, el presidente Rajoy encara más animoso la segunda mitad de legislatura. No obstante, me atrevería, modestamente, a recordarle algo: que no sólo de economía vive el elector.
