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En un mundo materialista, medido por valores cuánticos donde la moral ha desaparecido, congratula comprobar como un comprometido autor, Juan Mayorga, aquí también con labores de dirección, ofreció en el Fórum, llenazo incluido, “La lengua en pedazos”, texto dramático basado en el libro de la vida de Teresa de Jesús. Tiempo aquel de problemática religiosa. Un pueblo que buscaba camino. Acaso tránsito desde una actitud dialéctica y combativa a una reflexión introspectiva y sometimiento a la disciplina –abandono del mundo “real”– que impondrá el Barroco. ¿Nuestra protagonista se hace así revolucionaria, loca de la casa, porque está poseída de Dios? ¿Es ello posible hoy si las gentes acuden al reclamo de una obra clarificadora?
Una escenografía esquemática –mesa de cocina, cacharros, frutos de la huerta, etc.– como campo de batalla para dos concepciones antagonistas. Lo inquisitorial frente a lo natural, la severidad al reconocimiento, prejuzgar hechos cuando pudieran explicarse maravillosamente “pues entre los pucheros también anda el Señor”. Es jugar con las palabras. Utilizar “jerigonza” popular –ella reconocida doctora eminente–- para que pudiesen comprenderla sus “monjas” y aludir a que “la verdadera pobreza trae una honranza con consigo que no hay quien la sufra…”; pues “todo es nada”.
Maravillosa Clara Sánchez. Traslada místico ascetismo en una interpretación sublime, creíble y humana. Desde su sonrisa más beatífica hasta el humillado reconocimiento de culpables defectos. Únicamente ve a través de la divinidad, recuérdese a Teresa de Calcuta, “La alondra” de Anouilh, “Diálogos de carmelitas” de Bernanos. Enfrente, malévolo, duro, cruel en sus aseveraciones, el actor Pedro Miguel Martínez, severísimo fiscal que evoca el gran inquisidor sevillano de Dostowieski.