LODOS POLÍTICOS
La situación generada en el ámbito político por el irregular estacionamiento de dos coches de la diputada autonómica por el PSdeG-PSOE Beatriz Sestayo no ha dejado de ocupar páginas de información en los últimos días. Es lo que tiene la banalidad política, que es tanto como hablar de los lodos en los que se ha convertido la actividad desde hace unos años a esta parte. Si antes lo fueron los pelotazos de la construcción, con el ejemplo destacado de Marbella, o los derivados de las contrataciones encadenadas, indefinidas, siempre interesadas, de la trama Gürtel, o el caso del extesorero del PP, Luis Bárcenas, o las fotos del presidente de la Xunta en compañía, más de veinte años ha, del narco Marcial Dorado, hete aquí –que diría, con disculpas, Quevedo– que puestos a encontrar fango se busca donde y cuando sea posible. Pese a las aclaraciones de la diputada socialista, siempre será cuestionable que un representante político utilice dos plazas de aparcamiento cuando en realidad solo dispone de una.
Hasta ahí, lo aceptable, al menos desde el punto de vista ético y moral, pero parece que la cosa, a base de empecinamiento, busca más el escarnio, en especial el que afecta a su posición dentro del partido, y con ello la comparación con hechos como los antes mencionados, que cualquier otra resultado, al margen del de tratar de favorecer su declive. Desde luego, no la de afectar, como ella misma dice, a su proyección a la Alcaldía de Ferrol, porque puestos a pensar que para saber qué nos deparará el destino en más o menos año y medio todavía falta recorrido y mucha más mala, o buena, pata, o leche, que otra cosa.
No faltan incluso responsables políticos del PP que consideran que el caso no merece más atención que el que se deriva de un hecho puntual –diatriba por medio con el vigilante de la denuncia– y que resumen lo acontecido hasta con cordura. Algo así como que “hoy le pasa a ella y mañana a nosotros”, vista la medida con la que la política en general se gradúa en este país.
Y es que da la triste sensación de que la banalidad campa a sus anchas, en que parece que el juego político propiamente dicho se centra más en coger en un renuncio al contrario que en lo que unos u otros hayan hecho, conseguido, gestionado o no logrado con el fin único de servir al ciudadano.
Lo peor de todo es que la realidad se aproxima más a la constatación de que ya poco importamos, en términos generales, cuando parecemos lo último, por acción u omisión –como se quiera–, a tener en cuenta. Cada uno puede sacar sin duda sus conclusiones, pero lo que sí es evidente es que aquí sobran lodos y falta secano sobre el que asentar los pies y tirar de frente, no hacia los lados ni, mucho menos, hacia atrás. Tan proclives como somos a juzgar y ajenos a que nos juzguen, anden sus señorías con cuidado no vaya a ser que alguno lo cojan cruzando en rojo
