Los malos tratos deben terminar
Vaya por delante mi absoluto respeto a las mujeres en general y a las víctimas de la violencia en particular, y que no considero personas a quienes cometen actos de vejación, abuso y muerte en aquellas con las que comparten o han compartido sus vidas o parte de ellas. Las víctimas más numerosas son las mujeres, normalmente esposas o compañeras en las que hombres que no merecen tal calificativo descargan sus iras o sus frustraciones sin que tales pesares justifiquen esos actos.
Resulta lamentablemente doloroso oír, ver o leer cada día la noticia de un crimen del que resulta víctima una mujer. Lo que también resulta triste es que no se atisba una solución para tan grueso problema, por más que los gobiernos adopten medidas encaminadas a poner coto a la violencia de género, comúnmente llamada violencia machista, término que el que suscribe no acepta por lo que contiene de peyorativo. La mayor parte de estos crímenes se producen en un entorno social y familiar con ciertas carencias, bien económicas o de formación, y también, al menos en España, en parejas de inmigrantes que sufren un cierto desarraigo. Pero también hay que valorar el maltrato que existe por parte de mujeres que con actitudes aviesas o recriminatorias producen en el varón desencanto y pérdida de estima, ya porque está sin trabajo o porque su salario no satisface todas las apetencias de la esposa o compañera. El individuo que cometió el, hasta el momento de redactar este texto, último crimen, en Torrelaguna, declaró que su mujer “le amargaba la vida”, y aunque no sirva de atenuante hay que valorar ciertos comportamientos femeninos que a diario suponen reproches y acusaciones que abruman y causan zozobra en el varón que se deprime y angustia llegando a morir, no por un hachazo o un tiro, sino por impotencia al no admitir como solución la comisión del asesinato de la persona que, en definitiva, ama.
Me gustaría decir cuál es la solución del problema, pero no la tengo. No obstante debo exponer mi opinión como sigue: Desde la más tierna infancia hay que inculcar en las personas el respeto hacia sus semejantes, sean hombres o mujeres; fomentar la convivencia en igualdad de condiciones; desechar toda forma de violencia, de vejación, de desprecio, la soberbia y la superioridad, en suma, fomentar los valores del cristianismo desde el Evangelio. Enseñar a saber perder, pero también a saber ganar. Y todo esto, que es posible, se encuentra en la Escuela, y, cómo no, en la Familia.
