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Una historia sobre la ruindad humana.
María –llamémosle así– sufre ictus tras los que pierde la orientación, la memoria y la movilidad durante un tiempo. Su necesidad de atenciones constantes obliga a que pase parte del día en una residencia. Su familia la deja cada mañana en las manos de quien se supone profesional y compasivo.   La humanidad se entiende como condición indispensable para ciertas labores. Pero María regresa a casa sucia, desatendida y sin sus pertenencias. Una tarde fue una pulsera; poco después, un collar. Finalmente, la alianza de boda.
Su familia, tras el lamento por lo que parecía anecdótico, pasó a la sospecha. Y de ahí, a la indignación. Pero en el centro nadie responde a sus preguntas. “No nos hacemos responsables”. Los enfermeros no dejan margen a la discusión. E insinúan que quizá la buena señora, que apenas es capaz de articular palabra, ha tenido a bien recobrar momentáneamente la motricidad y abrir los cierres de las joyas. Los mismos que unos dedos ágiles tendrían dificultades para manipular. Del desaseo, ni hablan. Para qué. Los que dirigen la residencia van un poco más lejos. Sugieren que María estaría mejor en otro lugar. Uno con más personal, quizá. Con empleados que pudiesen ocuparse mejor de ella.
Resulta que María da trabajo. No controla sus funciones corporales, necesita ayuda para cualquier actividad rutinaria; hasta la más elemental. No es un mueble, aunque pueda parecerlo, aparcada en su silla en medio de otros que también parecen muebles. Inmóviles con sus canas, su mirada perdida, su silencio.
Si pudiese, ella gritaría. Se rebelaría ante los que la humillan, les diría cuánto los desprecia. Atravesaría la sala como la mujer fuerte que fue, la cabeza alta y el paso firme. Sin mirar atrás. Para que la visión de los ruines no le revolviese el estómago.
Pero no puede. Su voz es ahora la de sus familiares, que se retuercen de rabia al chocar una y otra vez contra un muro infranqueable. Desesperados y engañados. Atrapados en un combate que no pueden ganar.
La necesidad es debilidad. Por desgracia.