Teatro antidramático
“Tío Vania”, de Antón Chéjov, triunfó en el Rosalía, con sendos llenos y espléndidas representaciones a cargo de la compañía L’om-impretais. Ajustadísima, inspirada y concienzuda versión y dirección escénica de Santiago Sánchez. Coreografía dinámica, sugestiva y convincente. Feliz movimiento de actores y acompañamientos musicales vivos donde la guitarra sustituye la balalaica manteniendo el ritmo apasionado y violento del folklore ruso. Reveladores retratos costumbristas. Amores y desamores entrecruzados. Defensa del medio ambiente y ecosistema cara el porvenir de nuevas generaciones. Humor poético como cristal donde se distorsiona la luna. Desafío por superar las adversidades y conquistar una vida mejor. Acción teatral antidramática, indirecta, fuera de escena. Tan compleja y tan sencilla como la del público que acude a contemplarla ya que, mientras se entretiene disfrutándola, puede estar decidiéndose su felicidad futura o desmoronándose su vida.
Es la frustración definidora del sentimiento ruso. Lirismo tristón cuando rebasados los treinta años empieza a sentirse cansado y abatido… “Mira hacia fuera –testifica el propio autor– buscando las causas y no puede encontrarlas: entonces empieza a buscarlas dentro de sí, pero todo lo que encuentra es una vaga sensación de culpabilidad”.
Elenco de lujo inscrito en un polígono esquemático –telón de fondo con bosque y parco mobiliario– donde los actores navegan humanas singladuras. Endiosada Rosana Pastor desde el pedestal de su expresiva y elegante belleza; ardiente, volcánico y fracasado Sandro Cordero como tío Vania; bien Carles Montuliu recogiendo y despreciando amores; maravillosa Xus Romero –Sonia– recóndita, sin nido afectivo, tejiendo esperanzas en el trabajo y la responsabilidad aceptada. Completan el brillantísimo rol Vicente Cuesta, Paca Ojeda, Carlos Castillo y Carmen Arévalo.
