La Coruña, hoy
Como muchos flipan con la actualidad que nos rodea no dudan en asegurar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Añoran el mundo de ayer que empujara a Stefan Zweig al suicidio en Brasil. Ciertamente no me creo la trama rocambolesca romántica, ni los tópicos de llorar por su idolatrada Viena, valsear en los decadentes salones del imperio austro-húngaro o recordar la belleza de sus tierras y montañas que propagaban música de Mozart. Estos motivos son tópicos a los que tan dados somos los europeos para con nuestros convecinos. Así todos los españoles somos toreros, analfabetos, vagos redomados, ardientes y quijotescos y nuestras hermosas mujeres llevan la navaja escondida en la liga de su media (Ya me dirán hoy con los pantys y minifaldas).
Yo entiendo que el autor de “La curación por el espíritu” vio turbado el suyo por una feroz depresión, paranoia o esquizofrenia que lo catapultó al otro barrio, lo mismito que tantos poetas lo precedieron, acompañaron y seguirán, entre ellos, Ángel Ganivet en Riga o nuestro yate gallego Aguirre en las heladas aguas de San Amaro. No obstante si escarbamos el tiempo apreciamos –pese a las mil dificultades presentes- que es mucho mejor La Coruña de hoy que la de ayer. Me remito a las pruebas: calles sin pavimentar, alumbrado público cadavérico, sin traída de aguas ni alcantarillado, circulación de carromatos arrastrados por mulas y bueyes, oficios miserables como aguadores, limpiabotas, barquilleros, piñeros, leñeros, carboneros, la emigración desgarradora en el puerto hacia América… Sí, lo sé. Las circunstancias son adversas, pero si gritamos resuenan ecos de pozos muy hondos todavía y la estrella nova está ahí y brilla dramática. La Coruña tiene que superar la amarga reflexión de quienes siempre duda. ¿Por qué lo hacen? El secreto está en el optimismo por salir adelante. Hay que encararse a la desilusión y vencerla.
