JACQUES HENRI LARTIGUE
Jacques Henri Lartigue (1894-1986), cuya primera muestra antológica en España, patrocinada por La Caixa, se ofrece en el Museo de Fenosa, fue denominado el fotógrafo de la alegría de vivir y efectivamente se esforzó, desde los 8 años en que su padre le regala su primera cámara, en documentar los instantes maravillosos de su privilegiada vida y del mundo de la burguesía enriquecida al amparo de la revolución industrial.
No obstante, las instantáneas de la cambiante época que le tocó vivir no están exentas de nostalgia e incluso de una profunda reflexión sobre el paso del tiempo y de la imposibilidad de detener el constante fluir de la existencia. De ahí lo acertado del título de Un mundo flotante, dado a esta exposición, por sus comisarios Florian Rodari y Martine d’Astier de la Vigerie, porque, de algún modo, –como destaca Rodari– su planteamiento y su temática pueden emparentarlo con la escuela japonesa del ukiyo-e (“el mundo que fluye”), en las que quedó reflejada la sociedad de la provincia de Edo, en un era de gran efervescencia mercantil y de progreso, entre 1690 y 1820.
Igualmente, Lartigue, el fotógrafo de los días felices, documenta las escenas amables de la vida, de las gentes y lugares de su entorno, las mujeres bellas, los inventos de su tiempo, las vacaciones en las playas de moda, la velocidad o el deporte, sobre todo el tenis y la natación. Pero hay un tema que le apasiona y es el de ligereza, el de vuelo, como recoge en múltiples instantáneas de patinaje, de esquí, de globos aerostáticos, de proezas aeronáuticas o de simples saltos: desde una escalera, desde un trampolín, para atrapar un balón, en la carrera, en el baile, etc.
La superación, el esfuerzo, el movimiento le fascinan, tanto por lo que tienen de desafío como por lo que revelan de la impermanencia. La fotografía fue su modo de rebelión contra esta tiranía del tiempo, la forma más eficaz de congelar en una imagen los instantes inolvidables, un ansia que le acompañó durante toda su existencia y de la que dejó constancia en su diario, ya desde niño: “Abro los ojos y después los cierro, entonces vuelvo a abrirlos de par en par y, ¡ya está!. Atrapo la imagen con todo: ¡los colores!, ¡la verdadera dimensión! Y lo que retengo es lo vivo que se mueve, que late y que huele…”. De esa voluntad de atrapar, de “ver” más allá de la imagen superficial nació esta obra singular, descubierta en 1963, cuando él llevaba sesenta años haciéndola.
