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El ciclismo vive momentos muy delicados después de conocerse que el estadounidense Lance Armstrong, ganador de siete Tours de Francia, se había dopado. Que había hecho trampa. El propio deportista lo ha reconocido en una entrevista. Una declaración que no dejó indiferente a nadie y tras la cual se le tacha de farsante y estafador.

El estadounidense se había convertido en una leyenda del deporte. Es el desmoronamiento de la imagen de un ídolo admirado por millones de seres. El daño moral a la humanidad es incalculable. Los que crecieron escuchando sus triunfos están decepcionados y puede extenderse esta pérdida de la credibilidad a otros ídolos artificialmente construidos en el mundo del deporte, la política y el espectáculo. Sus seguidores, desconcertados, no salen del estupor al escuchar las confesiones de Armstrong en los que explica que todos su logros forman parte de una gran farsa.

La parodia construida por el hasta ahora ídolo del pedalismo mundial, famoso también por haber vencido un cáncer, fue considerado como el montaje de dopaje más sofisticado de la historia. Y llegan las inquietudes ¿Por qué lo hizo? ¿Esta trapisonda la realizó solo o hubo complicidad o encubrimiento de parte de los que estaban a su alrededor? ¿Cómo pudo mantenerse tanto tiempo oculta esta mentira?

Sus seguidores se cuestionan cuáles serán los capítulos siguientes de este sainete en que el texano ha pasado de ser héroe a villano. De esta singular componenda, colmada de trampas y sucias prácticas deportivas, sólo queda la moraleja de que Armstrong es un caso de pedagogía viva en que se ejemplifica que la pérdida de valores y de principios éticos en la profesión u ocupación a la que un ser se dedique lleva a abismos en que cínicamente se extravían también la vergüenza y el arrepentimiento por las corruptas acciones cometidas. Sin embargo, su gran preocupación fue decirle la verdad a su hijo Luke. Un chaval de 13 años que, lógico, siempre defendió a su padre. La ilusión y el sueño del crío se ha desvanecido cuando su papá se ha sincerado. Es una insensatez irreparable.