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LA DEFUNCIÓN PÚBLICA

Las formas del telefonista del SAMUR con los jóvenes que clamaban en demanda de auxilio para sus agonizantes compañeras se nos antojan inauditas, cuando no imposibles, sin embargo, son moneda corriente en boca de muchos funcionarios viciados por el oficio u oficiados por el vicio.

El empleado público es un ser humano aquejado, como todos, por capacidades y carencias: genéticas, educacionales y geográficas. A las que suma una tercera alma, la burocrática, que va fagocitando en su beneficio a las otras. Una vez instalado en esa condición se observa en él una deriva hacia posturas poco o nada edificantes en el desempeño de sus funciones. Sirva de muestra el funcionario justiciero, ese ser de función que sin atener nada personal en tu contra decide hacerte comprender por la vía del castigo que con la administración, por ende él y su comodidad laboral, no se juega. Aunque el juego no haya ido más allá de presentar en tiempo y forma un recurso, razonada y razonable queja o acuciante solicitud. Momento en el que el amanuense evangelizador tuerce el gesto, y no pudiendo despacharte con un “vuelva usted mañana” o el “usted no sabe con quien está hablando“, se dice para sí y su parroquia “se va enterar“. Sufriendo tu expediente un “poltergeist” en el que menudean dilaciones, urgencias y turbulencias que te han de llevar por la calle de la amargura. Y es que una vez creado el prejuicio viene como algo natural y necesario el perjuicio.