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Allá van Sara Montiel y Margaret Thatcher; casi de la mano se fueron ambas, dos mujeres de quienes dicen que fueron sendas número uno, cada una en lo suyo, pero número uno.
La española esperaba y fumaba puros como nadie; eran los tiempos en los que el tabaco aún estaba bien visto y a los adictos a la nicotina no se les consideraba apestados. La inglesa demostró también mucha habilidad con los puros; los suyos no eran habanos ni siquiera farias de La Coruña –que en sus tiempos aún las había–, sino los que provocaban sus decisiones políticas.
Ella los montaba y ella los desmontaba y sus medidas trascendían más allá del Reino Unido, incluso removían conciencias. De hecho Jorge Verstrynge –¡qué mala suerte tuvo Fraga con sus delfines!– ha regresado de la nebulosa para atribuir a la exprimera ministra británica su evolución ideológica. Los diez muertos con los que acabó una protesta obrera contra Thatcher le hicieron ver la luz y de ir de la mano –derecha– de Fraga se pasó a la izquierda. Llamó a la puerta del PSOE, pero no le dejaron entrar; dio unos pasitos más y encontró su sitio: a la izquierda de Izquierda Unida.
Es de suponer que mientras viajaba colgado del péndulo coincidiría en algún momento con José Luis Sampedro, que también se marchó esta semana. Dejó paso a la damas, porque la educación no está reñida con las ideas políticas, y también dijo adiós. Izquierdoso recalcitrante, para muchos era la voz de los indignados y para otros tantos un certero pitoniso, que pronosticó, ya hace tiempo, el fin del capitalismo y con él el del dinero. Es verdad que no les puso fecha de caducidad, pero los años han ido pasando y su vaticinio no se cumple.
La falta de tino en sus predicciones nunca impidió que fuese un hombre comedido y reacio a la interpretación teatral, todo lo contrario que el izquierdoso enxebre por excelencia: Beiras. Su actuación en el Parlamento esta semana es merecedora de un premio María Casares: lágrimas, gritos, silencios, braceos... Una lección magistral del método Stanislavski. Y todo a cuenta de las fotos doradas de Feijóo, que, según dicen los que saben, filtraron desde el propio PP. Si llegan a ser unas imágenes de platino, Beiras se gana una plaza fija en el Centro Dramático Galego.