Movilidad exterior
Los biógrafos de Juan Belmonte cuentan que cuando un amigo le preguntó cómo un antiguo banderillero suyo había llegado a gobernador civil de Huelva contestó lacónico y tajante: “Degenerando”.
“Se non vero e bene trovato”, dice una antigua sentencia italiana. Lo cierto es que el dicho que se atribuye al torero se puede aplicar hoy a muchos cargos públicos que, después de escucharles, hay que concluir que llegaron a puestos de responsabilidad “degenerando”, lo que quiere decir que están ahí por una cuota de partido, sin mérito personal alguno.
Ese es el caso de la ministra de Empleo, Fátima Báñez, que en una respuesta parlamentaria tuvo la ocurrencia de minimizar el drama que están viviendo miles de jóvenes obligados a emigrar y calificó el éxodo de la población juvenil como “movilidad exterior”, que lleva “a la idea de intercambio porque así como los españoles se van a otros países, también vienen extranjeros a España”. Y es también el caso de la secretaria de Emigración que aún fue más lejos cuando dijo que los jóvenes emigran “por espíritu aventurero”.
Escuchándolas, uno tiene la impresión que ministra y secretaria o son unas inconscientes, o son unas cínicas que no tienen sensibilidad ante la realidad de la tasa de paro juvenil, que alcanzó el porcentaje irritante del 55 por ciento. Y son insensibles también al sufrimiento de miles de jóvenes que, cargados de saberes, tienen que buscar fuera las oportunidades de trabajo que se le niegan en su propia tierra. Solo en Galicia se destruyeron 70.000 empleos de jóvenes en los últimos cinco años y, como consecuencia, se fueron al extranjero y a otras comunidades más de 43.000, una sangría para el país que pierde su mejor activo.
La emigración, eso que la ministra llama “movilidad exterior”, además de la pérdida de talento que representa, tiene unos enormes costes humanos y sociales porque está expulsando a una generación de jóvenes formados a los que no se les da la posibilidad de construir su proyecto vital, familiar y personal, en su país. Eso puede explicar la frustración de unos, la indiferencia de otros y la indignación de todos contra la política y la propia sociedad que les cierran todos los horizontes.
De eso, de abrirles horizontes de futuro debería ocuparse la ministra –y su colega de la Xunta– como primera obligación. Antes que contar parados o emigrantes, que parece es la función que mejor sabe hacer.
