¿Odio? ¿Amor?
El coruñés Fernández Flórez sostenía que el mundo se había construido sobre siete columnas. Yo reduzco el número cabalístico a las preguntas que encabezan mi texto, partiendo de que los pueblos felices y las mujeres honradas no tienen historia…; pero, bien al contrario, aparecemos cargados hasta la saciedad. El orbe nos acogota. Un vistazo alrededor nos sume en mil complejidades y paradojas. Queremos abrazar el amor y lo alejamos porque nos falta algo tan esencial como la compasión, “pasión con”.
Así puede explicarse el terrorismo como epidemia del siglo. Un odio contra los demás. Sin individualidades. Proyectado colectivamente sin tener en cuenta a qué personas podría afectar. Fomentado por delirios que escapan a los mansos de corazón, los que caminan sin exigir nada a cambio y acuden al encuentro con las manos llenas. Pero también, desde perspectivas no menos teológica, otros discuten el sexo de los ángeles y razonan silogismos escolásticos como argumentos válidos al tiempo que corre. Ormuz y Arimán. El bien y el mal. Lo blanco y lo negro. La normativa reglamentaria y el espíritu de la ley. La equidad frente a la aplicación pura y dura del derecho canónico.
Un sacerdote católico español, respaldado por el obispo de su diócesis, ha negado la comunión a una golondrina del buen Dios herida en su vuelo. ¿Son tan duros para prejuzgar sus poderes espirituales? Mi paz os dejo mi paz os doy. ¿Se apacienta así el rebaño? ¿Si ha bastado el testimonio de sus padres para bautizar a su hijo por qué ahora no se reconoce? ¿Volvemos a ser funcionarios y gestores administrativos? ¿Qué dirían los grandes doctores con Tomás de Aquino a la cabeza? ¿Quién osa juzgar el corazón y su predisposición para implorar perdón? “Jesús viene para elevarnos por encima de nosotros mismos; razón permanente de la alegría cristiana”.
