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Muchas ocasiones reconozco que La Coruña es la ciudad de la pera, digo de la repera por sus circunstancias urbanísticas, económico-financieras, temple educativo y climatología municipal cultural. Sin desmerecer de otras europeas, aunque las estadísticas sobre eficacia educativa nos sitúe como furgón de cola, nunca he creído mucho en las prospecciones. Dependen de como se formulen. Tal como los análisis clínicos para el doctor avezado y perspicaz, que pueden ser indicativos, pero sin admitirlos como artículos de fe, pues no hay enfermedades sino enfermos...

Pienso todo esto comparando mi ciudad juvenil y las posibilidades que hoy encierra. Bien desde cimas universitarias, centros de formación profesional, institutos, escuelas infantiles y guarderías hasta un largo recorrido que multiplica las escuelas superiores de caminos y de arquitectura y desciende a las bibliotecas, instalaciones deportivas, palacio de ópera, museos, teatros, centros cívicos por todos los barrios... Vientos y lluvias únicas con las orquestas, sinfónica y joven, y los coros alados que las acompañan. Pese a circunstancias adversas, conocidas de todos, vivimos momento similar al siglo de Pericles, donde el arte helénico alcanzó su mayor plenitud, aun cuando sufriera guerras, luchas intestinas y pestes que asolaron Atenas.

Vivimos la constante histórica española señalada por Sánchez Albornoz, Una frontera ambigua entre la riqueza y la pobreza, el esplendor y la miseria, la honradez y la picaresca. Ahí subyacen las meditaciones de Ortega ante don Quijote. El paso del imperio, las batallas que destrozaron nuestras haciendas y se llevaron la juventud al tiempo que escribíamos nuestro siglo de oro lleno de turbulencias y victorias, ramplonería y mística, filosofía jurídica e inquisición... Mientras hoy, con nosotros, el oro cultural coruñés.