
En tiempos de escraches, una arousana ha sido víctima de una curiosa forma de protesta nunca antes vista por los agentes de la autoridad y cuyo autor se mantiene el anonimato pero podría ser cualquier ciudadano asfixiado por una recesión económica que nunca acaba y que ya se ha cobrado más de seis millones de parados. Lo que en principio parecía la sustracción de un coche se convirtió en una reivindicación, plasmada en una simple nota manuscrita donde el supuesto ladrón explicaba a la propietaria el porqué: “No era para robarlo si no para que sepas como sienta el no tener coche para ir a trabajar y a lo mejor así, eres más comprensivo con lo mal que lo está pasando la gente con la crisis”. Así, tal cual, sin firma ni más argumentos a mayores. El autor se tomó la libertad de darle una lección a un desconocido, ya que la afectada no desconfía de nadie, y también de tomar prestado un paquete de tabaco rubio que había en el coche porque el resto de sus pertenencias permanecían intactas, tal y como las había dejado una hora antes.
El reloj marcaba las tres de la tarde cuando la víctima paró su coche en el barrio de San Tomé y se apeó para entrar en un establecimiento a hacer un recado rápido. Le llevaría tan poco que decidió dejar el coche encendido con las llaves puestas y cuando salió, a penas un minuto después, no había ni rastro del automóvil. Desesperada, preguntó por la zona pero nadie había visto nada ni a nadie, así que finalmente acudió a la Guardia Civil e interpuso la correspondiente denuncia. Por si acaso, pidió a un familiar que le acompañara en su coche a dar una vuelta por la capital del albariño por si veían al pillo que se había aprovechado del descuido. Sus esperanzas eran pocas pero cerca de las cuatro de la tarde la busca daba sus frutos y el turismo aparecía en las inmediaciones del puente de Castrelo con las ventanillas bajadas, las llaves puestas y la nota en el interior.
La mujer también alertó al cuartel cambadés que envió una patrulla a la zona. Los agentes se asombraron tanto como ella de lo ocurrido, calificándolo como un hecho extraño que no habían vivido antes; y aunque se comprometieron a informarle si encontraban al responsable, daban el caso por cerrado.
La afectada vivió esta insólita apropiación entre la estupefacción y cierta indignación al sentirse el blanco del descontento, situación precaria o cualesquiera que fueran las circunstancias del individuo, sin más que culpa que la de ser afortunada por tener un trabajo que, por lo menos, le permita tener un coche para desplazarse.






















