Cambalache sindical
La manifestación principal del 1º de mayo, que se celebraba en Madrid, tuvo lugar este año en Málaga, una decisión que los líderes sindicales atribuyen a una planificación hecha “meses atrás”. Sin embargo, todo apunta a que la verdadera razón fue acompañar a la candidata socialista y convertir la marcha en el primer acto de la campaña electoral andaluza.
Más allá de ese evidente gesto de apoyo político, lo que realmente llamó la atención fue el contubernio entre sindicatos y Gobierno. Nada menos que diez ministros participaron en las manifestaciones, tanto en Málaga como en otras ciudades. Una connivencia difícil de justificar: reclamar en la calle mejoras salariales y acceso a la vivienda cuando el propio Gobierno lleva ocho años sin resolver esos problemas y los sindicatos han sido incapaces de exigir soluciones durante todo ese tiempo.
La razón de ser de los sindicatos es la defensa permanente de los derechos de los trabajadores frente al poder político. Pero los sindicatos españoles llevan años colonizados por ese mismo poder, hibernados, convertidos en correas de transmisión del Gobierno y de los partidos que lo sostienen, “hasta que la derecha llegue al gobierno”, según reconocen ellos mismos.
Cuesta decidir quién muestra menos pudor: si los ministros que acuden a manifestaciones para pedir cambios en políticas que dependen de ellos mismos, o los sindicatos que aceptan esa presencia en su día grande, escenificando un cambalache entre el ámbito sindical y el político.
La imagen que transmiten unos y otros es la de una cohabitación poco presentable. Los ministros neutralizan a los líderes sindicales mediante generosas subvenciones, y los sindicalistas aparecen domesticados y complacientes, más preocupados por no incomodar al poder que por alzar la voz en defensa de los trabajadores que sufren las políticas del mismo Gobierno que los acompaña en las manifestaciones.
La componenda llega al extremo de culpar a la oposición de problemas que el Ejecutivo no ha sabido resolver y que los sindicatos no han sabido, o querido, exigir. El resultado es una distancia sideral entre la acción del Gobierno y los sindicatos de las necesidades reales de los trabajadores a quienes deberían representar.
Marcelino Camacho y Nicolás Redondo fueron ejemplos de coherencia sindical. Sus sucesores parecen atrapados entre la complacencia con el poder, la burocracia y la pérdida de contacto con la realidad económica y social de los trabajadores. Esa es la imagen que proyectan.
Una imagen preocupante porque los sindicatos son esenciales en democracia, actúan como contrapeso del poder y voz organizada de quienes no la tienen. Pero con la deriva que han tomado en España son perfectamente prescindibles. No porque la función haya dejado de ser necesaria, sino porque ellos, que deberían ejercerla, han renunciado a desempeñarla.
