No son los jueces, es el sistema
Desde que aquel alcalde de Jerez dijo aquello de que la justicia “es un cachondeo” hasta hoy, los ciudadanos no acabamos de entender la operativa de este poder. Cierto es que el gobierno de Sánchez no le pone las cosas fáciles y la letanía de la separación de poderes es una quimera. Las intervenciones del ejecutivo en el poder judicial han dejado en la cuneta a Montesquieu y ahora, la percepción popular es que la justicia no es independiente.
La elección por parte de los partidos políticos del Consejo General del Poder Judicial marca una línea, mejor dicho, un muro entre jueces “progresistas” y “conservadores” y, curiosamente, los progresistas se alinean con la doctrina del gobierno cada vez que tiene ocasión y los conservadores hacen lo propio
La primera reflexión de los ciudadanos es: ¿significa esto que si te juzga un juez progresista o conservador dependes de su ideología a la hora de dictar una sentencia? Pues no tengo respuesta, pero pinta mal y me viene a la cabeza aquello de “nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira” que dejó escrito Ramón de Campoamor allá por el siglo XIX. Acabamos de vivir como todo un fiscal general ha sido condenado por revelación de secretos y hemos visto los esfuerzos del ejecutivo para evitar esa sentencia condenatoria con insultos y desprecios incluidos para los magistrados que sentenciaron.
Una vez apartado el fiscal delincuente, el gobierno procedió a nombrar sucesora, que no ha tardado en mostrar servilismo para vengar la sentencia de su amigo y antecesor cortando cabezas de aquellos fiscales que no fueron sumisos con el poder y ahora, la nueva fiscal general, los ha relegado en el escalafón. Eso sí, aprovechando la ocasión para premiar a la mujer del anterior fiscal general.
De nuevo los ciudadanos nos preguntamos si aquellos que respetamos la decisión del alto tribunal seremos mirados con otros ojos por parte de la fiscalía que no oculta sus ansias de revancha. Si a esto añadimos que desde poderes políticos se alteran las condenas a presos condenados por terrorismo como está sucediendo en las vascongadas o las decisiones del tribunal Constitucional que tira por el suelo sentencias del Supremo al gusto del gobierno, pues ya pensamos que no todos somos iguales ante la ley, cosa que saben muy bien los golpistas catalanes.
Se está juzgando estos días un asunto turbio que afecta al tiempo de Mariano Rajoy como presidente del gobierno que lleva trece años esperando, al tiempo que asistimos perplejos al juicio de Ábalos, Koldo y Aldama que es de hace dos días, pero la medalla de oro se la lleva el clan Pujol que después de muchos años se somete a juicio, tantos años que el jefe de la trama, Jordi Pujol, es liberado de asistir a declarar por su estado de salud, el mismo que le permitió asistir a votar en las elecciones del Fútbol Club Barcelona para ser vitoreado por los asilvestrados que allí se encontraban. El mismo que dijo aquello de “España nos roba” mientras él y su familia acumulaban riqueza sin límite.
Conozco a muchísimos jueces honestos y también sé de garbanzos negros que en todos los sitios hay, pero estoy convencido de que el problema de la justicia no son los jueces, el problema es un sistema que somete a los jueces al poder político, no respetando su independencia y sometidos a la crítica furibunda del propio ministro de Justicia quien, solo por ello, debiera estar inhabilitado para continuar en su cargo. Ante la situación de la mujer, el hermano y el amigo del presidente, Cerdán, preparémonos para indultos que nos revolverán el estómago a todos y que demostrarán que, una vez más, los ciudadanos no somos iguales en un sistema judicial intervenido que exige con urgencia, una revisión estructural. Sin separación de poderes, no hay democracia ni estado de derecho.
