Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?

Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?

El 23 de abril celebramos el Día del Libro. La fecha es una mentira. Se repite que ese día de 1616 murieron William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Pero no. Cervantes murió el 22 y fue enterrado al día siguiente. Y Shakespeare falleció el 23… del calendario juliano; es decir, el 3 de mayo. Quizá por eso hay quien mete en la ecuación a Gómez Suárez de Figueroa (Inca Garcilaso de la Vega), que sí encaja en la fecha. 

Y, sin embargo, da igual. Porque ¿qué importancia tienen unos días arriba o abajo cuando se trata de celebrar la literatura?

Lo importante es festejar todo lo que nos dan los libros. Vengan con rosas o sin ellas. Aunque la fiesta coincida con otras efemérides históricas, como la batalla de Villalar, o personales, como es mi caso, que siempre recuerdo que fue el día en el que volví al trabajo tras mi permiso de maternidad y dejé por primera vez a mi hija en la guardería.

La literatura, al fin y al cabo, siempre ha tenido más que ver con la memoria que con el calendario.

Tengo tantos libros favoritos que no me cabrían en esta columna. Ni en dos. Ni en una vida. Novela, poesía, teatro… Desde los griegos (Homero, Sófocles, Eurípides) hasta autores contemporáneos. Aunque, si tengo que mojarme, soy más de obras que han sobrevivido al tiempo. Más de La tía Tula o Luces de Bohemia que de la última novedad editorial. Más de la Generación del 27 que de las letras del siglo XXI. Más de San Camilo, 1936 y La sombra del ciprés es alargada que del ganador exprés de casi cualquier premio literario de hoy en día.

Por supuesto que leo novedades. Y muchas me gustan. Disfruto del talento de nuestros coetáneos. Pero creo que, si te gusta leer de verdad, los clásicos y las grandes obras de la literatura de todos los tiempos no son algo opcional. Son la base, el suelo firme.

El problema es que cada vez cuesta más encontrarlos.

Entras en una librería y, en el mejor de los casos, te recibe una mesa perfectamente iluminada de novedades editoriales interesantes. En el peor, una estantería entera dedicada a Wattpad: portadas clónicas, títulos intercambiables, tramas insustanciales. Todo muy actual, muy vendible, muy efímero. Ordenado por tendencias, no por criterio. Y tú ahí, buscando a

Fyodor Dostoyevski, a Virginia Woolf o a Franz Kafka… O El gran teatro del mundo, Yerma o La dama boba… O Marinero en tierra, El rayo que no cesa o Las personas del verbo.

A veces, ni están. Preguntas por ellos, como yo hace poco, que estaba buscando La Celestina, y te miran raro. Te dicen, no demasiado convencidos, que quizá puedan encargártelo y te dan un plazo que dirías que le van a pedir a Fernando de Rojas que la escriba de nuevo.

En las librerías en las que quedan clásicos están escondidos. Arrinconados. Como si alguien hubiese decidido que lo importante no es lo que permanece, sino lo que rota. Lo que se vende rápido. Como si La vida es sueño necesitase marketing para seguir existiendo o La señora Dalloway tuviera fecha de caducidad.

La consecuencia es perversa: nos acostumbramos a leer lo que nos ponen delante. Lo que no se expone, deja de existir. Así, poco a poco, vamos perdiendo el criterio, el contexto y, en ocasiones, hasta el gusto.

No es solo una cuestión de

mercado. Es una cuestión de mirada. Muchas librerías han dejado de ser espacios de descubrimiento para convertirse en supermercados de la novedad. Y en ese tránsito hemos perdido algo

importante: la conversación entre tiempos. Porque un clásico no

es un libro viejo. Es un libro que sigue hablando. Que te hace

pensar.

No se trata de despreciar lo nuevo. Hay autores contemporáneos extraordinarios. Algunos que venden mucho y otros que no tanto, pero son una delicia. Hay que disfrutarlos, pero sin olvidar lo anterior. Porque una cultura sin memoria no es cultura: es consumo. Y una librería que no exhibe clásicos no es más que un frío escaparate sin fondo. Un lugar donde todo pasa y nada permanece.

Y eso, más que una tendencia editorial, es una forma más de empobrecernos sin darnos cuenta. De convertirnos en consumidores de libros y dejar de ser lectores.