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Telefónica, empresa del Ibex 35 con alta participación estatal, está tramitando un ERE que afectará a unos 5.000 trabajadores. En paralelo, la compañía ficha como consejero a Andoni Ortuzar, expresidente del PNV, con una retribución anual en torno a los 80.000 euros anuales, además de otras prebendas.

Mientras miles de empleados se van a la calle, un político que renegaba de España se sienta en el consejo de esta compañía española. Y no es que renegara de España en abstracto, lo hacía con brío y con unas formas casi coreográficas. Recuerden aquel célebre “sentirnos españoles, ¡ni por el forro!” que no necesita exégesis.

Todo muy coherente… hasta que aparece el dinero y el poder de influencia en un sillón en Telefónica, la multinacional que mejor simboliza el poder económico español. La paradoja es evidente: quien evitaba cualquier contacto con todo lo que sonara a España para no “contaminarse”`, ahora se beneficia de un cargo en una empresa que representa lo que él despreciaba.

De pronto, lo español deja de ser “tóxico” y se convierte en un espacio profesional válido y confortable. La clave está en su capacidad de combinar la retórica de confrontación con la práctica de integración en las instituciones españolas... cuando conviene. Y ahora conviene, aunque sea una prueba de claudicación y contradicción con lo dicho por el personaje.

También representa una contradicción del PNV con su discurso antiespañol. Claro que este partido “no da puntada sin hilo”. Sus alianzas y votos han sido decisivos para sostener gobiernos, como ahora, y su presencia en proyectos económicos o mediáticos españoles fue constante. La llegada de Ortuzar debe leerse en esa lógica de rechazar lo español en el discurso, pero aprovechar las estructuras del Estado que ofrecen dinero y poder. Son los “flecos” de la moción de censura que el Gobierno español retribuye siguiendo el viejo dicho “favor con favor se paga”. Es el camaleonismo del nacionalismo flexible, que estira como el chicle y juega siempre a caballo ganador.

Dicho esto, más allá de la estrategia política, este fichaje es insultante para los miles de trabajadores de Telefónica que van a perder su empleo “sacrificados en nombre de la eficiencia” mientras la empresa, mejor dicho el Gobierno, sienta en el Consejo de administración a una persona que, además de que nada significativo va aportar, ha venido despreciando públicamente la identidad española. La decisión también plantea un problema de imagen para la operadora. ¿Qué mensaje transmite al despedir empleados e incorporar a quien ha renegado de España?

Pero no lo tomen muy en serio. Con la que está cayendo -corrupción económica y acosos sexuales- lo de Ortuzar es solo una pequeña contradicción del sistema que permite concluir que el discurso identitario es muy fuerte… hasta que aparece un sillón bien retribuido.