Ferrol, apeadero de tercera
Históricamente excluida de las grandes redes de transporte, Ferrol es el ejemplo más claro de cómo una ciudad puede quedar aislada dentro de su propia comunidad, lejos de España, de Europa y de las oportunidades que ofrece el ferrocarril.
La situación es pintoresca y roza lo absurdo: 50 kilómetros separan Ferrol de A Coruña y el tren más rápido tarda cerca de hora y media, tiempo de sobra para leer con calma el periódico del día. La vía férrea, construida a principios del siglo XX, está prácticamente igual que entonces. En un siglo ha cambiado el mundo, la tecnología y las prioridades… pero no los raíles ni el baypass de Betanzos para unir las dos ciudades más importantes del norte gallego.
Si el trayecto hacia A Coruña es desesperante, el de Ferrol a Oviedo pertenece directamente al realismo mágico: seis horas de viaje, tres veces más que en coche. En el recorrido por la cornisa cantábrica el tren no avanza cansinamente contemplando montes, ríos, prados, playas… viendo cómo pasa la vida.
Es una ironía que Ferrol, ciudad de astilleros, ingeniería y tradición industrial, se haya quedado varada en un ramal ferroviario más que centenario: serpenteante, sin electrificar y probablemente con las primeras traviesas. Mientras tanto, el eje atlántico, con su flamante alta velocidad, conecta A Coruña con Vigo, Santiago y Ourense dejando a la comarca de Ferrolterra fuera del mapa de la modernidad ferroviaria como una isla terrestre donde el progreso no atraca.
A este abandono se añade una programación horaria que parece diseñada al margen del dinamismo de la sociedad. Ninguno de los servicios diarios entre Ferrol y A Coruña tiene horarios razonables para estudiantes y trabajadores de cualquier actividad laboral. Ni para entrar a clase, ni para fichar a primera hora. Es como si la tabla de horarios fuera escrita siguiendo los dictados del azar.
Las consecuencias son reales y profundas: menos oportunidades laborales, menos estudiantes moviéndose entre campus, menos industria conectada, menos turismo. ¿Para qué llevar el tren al Puerto Exterior si no sirve para transportar mercancía?
Los ferrolanos y vecinos de la comarca pagan impuestos como los demás gallegos y españoles. Pagan trenes que no llegan, infraestructuras que no se modernizan y promesas que envejecen tan rápido como los convoyes que circulan sobre esta vía centenaria. Pagan, incluso, la paciencia –que ya debería desgravar– y ahora también pagan el tiempo y todas las oportunidades perdidas.
Las manifestaciones de estos días no son un capricho. Son el síntoma de una ciudadanía que ha decidido que la resignación ya no es una opción. Ferrol no pide privilegios: pide normalidad. Pide que 50 kilómetros no sean una odisea. Pide que las seis horas a Oviedo no sigan siendo un insulto a la razón. Pide trenes que sirvan y horarios que tengan sentido.
