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Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?

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A las siete suena el despertador. Tengo cuatro alarmas programadas, una cada cinco minutos. Me da miedo dormirme y tener que salir corriendo con el pijama debajo del abrigo, una estampa más terrible que llevar esas sandalias de pelo tan de moda, que te hacen los pies de un Yeti con pedicura.

Mientras preparo el café, arranca la primera ronda de notificaciones. En el móvil del trabajo son siempre las mismas: el tiempo y alguna noticia práctica del tipo “Diez cosas que no sabías sobre los huevos duros” o “Compra tu villa en Punta Cana”.

Lo de la casa en la República Dominicana me toca los huevos, sí. Es en lo único que acierta el algoritmo.

En mi móvil personal llegan los informes semanales. Fitness me felicita por haber alcanzado mi objetivo. No dice cuál. Creo que es sobrevivir.

El resto de las notificaciones ni las abro: Pinterest elogiando mi buen gusto, Amazon animándome a renovar mi hogar y Waylet, que insiste en que contrate la luz con Repsol.

Paso.

El café me lo tomo a la vieja usanza: leyendo El Ideal Gallego. Al terminar, el parte de guerra me devuelve 176 correos nuevos. Me escribe la empresa de la eSIM para Japón y una tienda que me llama “clienta VIP” porque les compré una lámpara en 2015. Entre medias, un SMS de Hacienda que promete un reembolso.

A estas alturas, mi hija ya está lista, aunque mi marido sigue buscando las gafas. Nos despedimos y arranco hacia el colegio. Es un momento de paz. El móvil no deja de sonar, pero no lo miro. Una se acostumbra a convivir con el caos digital como quien vive en la zona de servidumbre acústica de Alvedro.

En el trabajo enciendo el ordenador. Mi contraseña caduca en 15 días. Pondría “hastaLosCojones25!” como nueva clave, pero me da palo. En Teams tengo 70 mensajes. Escribo que alguien me avise si hay algo importante. Cuando lo voy a enviar, suena el móvil:

Le llamamos de InfoJobs. Su currículum ha sido seleccionado.

¿Seleccionado para qué? Si lo único que he enviado últimamente es el mensaje “AOVE” al grupo de WhatsApp “Lista de la compra”.

Bajo el volumen de las notificaciones. En WhatsApp, mis padres, mi hija y mi marido tienen su propio sonido. Así que solo les hago caso a ellos, cuando puedo. Bueno, y si hay una llamada, por si es algo importante. No es el caso:

Por favor, añádeme a WhatsApp— me dice otra máquina.

Claro, guapi. Y te meto en el grupo familiar, ¿vale?

Al salir de trabajar, le echo un ojo al correo. Gmail me pregunta si quiero cancelar la suscripción a 365Rider. Lo que quiero es cancelar mi suscripción a la vida. Al menos, a esta vida de avisos y notificaciones.

Mientras espero en el cole a que salga mi hija, curioseo las redes. En X tengo un privado que dice “Hot women, sexy underwear”; una amiga me ha enviado 10 reels en Instagram y Facebook me recuerda quién está de cumpleaños. También tengo 1.089 notificaciones de YouTube (puedo probarlo) de canales a los que mi hija se suscribió cuando aún creía en el Ratoncito Pérez. Parezco la jefa de prensa del Apocalipsis.

Además, me ha llegado un SMS que dice “Tiene una oportunidad de trabajo con un salario diario de 810 €”. ¡Ahora lo entiendo todo: es para la villa en Punta Cana!

La tarde se pasa entre recados y una llamada de una ONG que implora fondos para alguna causa. Por nada del mundo querría ser teleoperadora. Prefiero vender mi alma al diablo antes que fingir entusiasmo por algo que ni entiendo.

Por la noche, cuando me dejo caer en el sofá, suena el teléfono fijo, ese fósil doméstico que solo sirve para asustar.

Le llamamos de Telefónica Servicios. ¿Podría hablar con el titular?

—Claro, te lo paso si me dices cómo se llama y su DNI.

Respiro hondo. Lo que me da rabia es que no me llame Brad Pitt para confesarme su amor. Ya sé que no debe de estar pasando un buen momento. Con tanto hijo y la Jolie soplándole el cuello, cualquiera se queda tieso. Pero si quiere venir a verme, le dejo algo para el vuelo. Le hago un Bizum, aunque sea a un +34.