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Cambados

Galicia no es Sinaloa ni Medellín y Arousa no se parece a la Costa del Sol o el Sur de Andalucía

Por José Antonio Pérez

Agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil ayer, en Corvillón, donde se produjo la entrada en una propiedad que acabó en resultado fatal
Agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil ayer, en Corvillón, donde se produjo la entrada en una propiedad que acabó en resultado fatal
| Mónica Ferreirós
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Nunca antes se había producido en Galicia un hecho como el ocurrido el pasado martes en Corvillón-Cambados. Nunca en casi seis décadas de lucha contra el contrabando de tabaco, primero, y el tráfico de drogas, a continuación, se había producido un tiroteo entre presuntos (o confesos) narcos y miembros de los cuerpos de seguridad. Nunca se había registrado una muerte de este tipo. Esa era una línea roja que los contras y narcos gallegos jamás habían cruzado. Quizás la mantenían conscientes de lo mucho que se jugaban. Galicia nunca fue Sinaola, Sicilia o Medellín y Arousa jamás se pareció a las provincias sureñas de Andalucía. Siempre existieron unos códigos innegociables. Ni siquiera en los ajustes de cuentas más graves que figuran en la historia del narcotráfico en nuestra tierra tuvieron desempeño destacado los narcos gallegos: a José Manuel Vilas lo tiroteó en Benavente un sicario colombiano, compatriota de los que protagonizaron el asalto criminal a la casa de Os Caneos mientras que a los primos Feijóo los mataron dos asesinos a sueldo, uno vasco y el otro francés.

De países sudamericanos llegaron individuos a cumplir encargos por deudas o delaciones y los gallegos que fueron protagonistas de hechos similares llevaban asociadas otro tipo de rivalidades agravadas por problemas de tráfico de drogas; el caso más conocido fue el de la macabra razzia que protagonizó Tucho Ferreiro cuando acabó con la vida de Danielito Carballo y Juan José Agra. Son ejemplos y en las hemerotecas aparecen otros pero lo que no figuran son tiroteos entre policías o guardiaciviles y narcos.

Señalan los expertos que empiezan a detectarse en Galicia métodos propios de la violenta criminalidad organizada, esa que campa a sus anchas tanto en la Costa del Sol como en las provincias de Cádiz o Huelva o en las ciudades de Madrid y Barcelona. Esa que no tiene líneas rojas y que no duda en apretar el gatillo cuando alguien se interfiere en sus negocios. La misma que ya utiliza armas de guerra (de procedencia rusa, israelí o estadounidense) para disparar a los agentes antidroga, que aborda lanchas de la Guardia Civil con intenciones asesinas, que ejecuta a rivales incluso delante de una comisaría cuando la capital catalana parecía blindada ante la llegada de León XIV o que a los habituales métodos mafiosos de los países del Este une la sofisticación (en su sentido más negativo) de las bandas holandesas o británicas y el sanguinario desprecio a la vida de sus semejantes de los cárteles sudamericanos.

Ese cóctel es un peligro real que responsables policiales dicen detectar en Galicia donde ya se detuvo a miembros importantes de los clanes de los Balcanes, albaneses, colombianos o mexicanos. Gente sin escrúpulos que disparan sin pestañear pero que no consiguen asentarse, pese a numerosos intentos, en nuestra comunidad donde todavía imperan determinados códigos y no se traspasan algunas líneas rojas.

Los agentes antidroga están sometidos a muchísima presión y últimamente temen encontrarse de frente con fusiles de asalto AK-47, los UZI o VZ58 que dejaron en pañales a los temibles Kaláshnikov; las granadas o ametralladoras que cargan munición calibre 12.7x99 mm API-T, con una velocidad de 903 m/s y un alto grado de penetración... capaces de perforar el blindaje de un vehículo policial y no digamos ya el más eficaz de los chalecos antibalas. Son amenazas reales a las que se están enfrentando los efectivos antidroga que operan en distintas zonas de España.

Por eso es comprensible que un agente de policía, por muy experto que sea, dispare si se siente amenazado. Las imágenes de los narcozulos en los que se hallan centenares de armas de guerra como el detectado hace unas semanas en Marbella, los narcos que reciben con disparos de ametralladoras a los estupas, o la creciente violencia que estos clanes mafiosos no se pueden dejar de lado.

Y los agentes son ante todo personas, que tienen familias y temen por su vidas, y por eso puede ser justificable que un policía, agotado tras una larga jornada, con la tensión de una operación de madrugada y la adrenalina de saber que se puede encontrar con pistoleros sin escrúpulos, por ejemplo, utilicen un arma que, de acuerdo con el reglamento, llevan cargada, sin seguro y con el dedo en el gatillo.

Pero Galicia es sitio distinto. Lo ocurrido el pasado martes en Cambados, zona tranquila como defiende su alcalde al igual que lo hacen los de Vilanova o Vilagarcía, es algo que nunca había ocurrido. Quizás el agente que disparó se sintiera coaccionado por la amenaza del clan de los Balcanes, como figuraba en las pesquisas policiales, y por eso se precipitó.

Ni el Ministerio de Interior ni la Dirección General de la Policía dieron explicaciones de lo ocurrido amparándose en que está abierta una investigación aunque algún portavoz informativo oficioso ya cambió su versión y reconoce que pudo ser un error. Es natural, puede ser.

La muerte en Cambados de un presunto narco por disparos de un policía es un episodio inédito en nuestra comunidad

Pero quizás sería el momento de plantearse si los protocolos de actuación, al menos en Galicia, son los más ajustados, No parece que Jonathan Señoráns Trigo fuera un tío especialmente peligroso.

Los agentes que lo estuvieron investigando seguro que conocían su modus operandi, sabían sus rutinas y eran conscientes de los itinerarios de su vida diaria. Incluso podrían saber de sus andanzas dada la exposición (propia o de personas de su entorno) en las redes sociales. No era un peligroso miembro de un clan de lo antiguos países del Este. Y eso lo sabían los agentes que llevaban meses tras su pista. Si una juez autorizó su detención y el registro de su vivienda, deberían ser todos conscientes de su forma de vida y su no peligrosidad. por eso es incomprensible que acudieran a la casa en Corvillón de madrugada, con un equipo de asalto y derribando la puerta. Con las armas montadas y listos para disparar.

Nunca había pasado cosa semejante. Ni debería haber pasado... sobre todo al comprobar que la presunta banda de narcotraficantes ni era tan activa ni violenta que hasta la propia jueza, tras tomarle declaración a sus miembros dejó en libertad a la mayoría, incluidos los dos miembros de la familia Charlín detenidos. ¿En que situación iba a quedar el fallecido?, mejor no saberlo.

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