
El equipo no dependía de si mismo. El desplazamiento obligaba a viajar 350 kilómetros por carretera en un día desapacible, con mucha lluvia. Pero la afición del Arosa no lo dudó. Más de trescientas personas con camisetas, bufandas, banderas y bombos se presentaron en Vilalba. Algunos viajaron ya por la mañana en dos autobuses. Otros en coches. Tomaron las calles de Vilalba a mediodía. Más de una treintena comieron juntos en A Taberna, donde se mezclaban aficionados de todas las edades, muchos en familia.
Por la tarde llegaron al campo otros dos autobuses. Y más coches. Desde que el equipo saltó al campo el ambiente que creó la afición del Arosa fue de otra categoría. Recibimiento con botes de humo incluido. Lástima que el equipo no salió con la misma ambición que demuestra su afición. Y es que el Arosa tiene una gente derrás que está muy por encima de la categoría. Anima siempre. También en los peores momentos.
El club ha rejuvenecido a su masa social. Cada vez se ven más niños y niñas luciendo las camisetas arlequinadas, con las caras y las uñas pintadas como Sofía, cantando las canciones de la Escuadra Arlequinada. “Pase lo que pase hoy, ya hemos ganado viendo toda la gente que ha venido aquí”, comentaba el argentino Adolfo Abalo, un acérrimo arosista.
Los seguidores, algunos empapados, ovacionaron al equipo al final. Pese a la derrota y a que el sueño del título se desvaneció. En el play-off seguirán tirando del carro. Animando, empujando y viajando. Siguiendo “a todas partes” al Arosa.
Hoy llegarán afónicos a sus trabajos. Cansados. Algo desilusionados. Pero también esperanzados porque esto aún no se ha acabado. Quedan emociones por vivir. Campos a los que volver a demostrar que la del Arosa ni siquiera es comparable a las aficiones de Segunda RFEF, sino a las de Primera RFEF. En Tercera es la mejor de la categoría sin discusión. Incomparable. Es el gran triunfo del club esta temporada pase lo que pase. Tener a tanta gente detrás. Incondicionales que se siguen sumando como si de una gran familia se tratase. La familia arlequinada. Orgullo vilagarciano. l










